Sobre el libro Nada es negro de Deirdre Madden publicado por Errata Naturae al 2026:
Este extremo del mundo, el agreste y salvaje Donegal, fue siempre el lugar perfecto para la vida de Claire. La estrecha carretera que recorre su costa, con penínsulas barridas por el viento, acantilados escarpados, minúsculos puertos pesqueros y un sinfín de playas, nos lleva a la austera casa en la que decidió instalarse hace años, aislada y concentrada en su arte.
Transitaremos esa misma carretera en las primeras páginas de esta novela, pues Claire va a recoger a su prima Nuala, que llega en autobús al pueblo para quedarse con ella unas semanas y recuperarse de una inusitada crisis. Nuala parece tenerlo todo —es propietaria, junto a su marido, de un exitoso restaurante en Dublín y ha sido madre hace poco—, excepto el sosiego interior que tanto anhela. Durante este tiempo, entabla amistad con Anna, una vecina holandesa que pasa allí los veranos y que está atormentada por el distanciamiento de su única hija.
Claire, Nuala, Anna. A medida que sus vidas se entrelazan, Deirdre Madden las retrata con una profundidad reveladora: las dificultades a las que se enfrentan las mujeres cuando intentan forjar sus existencias, lo complejo que les resulta aceptar o verbalizar su necesidad de independencia y de reconocimiento externo, o de qué maneras las moldean la familia, la amistad, la maternidad, la creatividad, el arte, el amor y la pérdida. Ahora bien, más allá de las turbulencias subyacentes y parafraseando a Frida Kahlo, «nada es negro», no completamente, y este libro sereno y lleno de matices, de una prosa nítida y clara, nos regala una sensación de esperanza, de que hay fuerza en el amor, la amistad y el perdón, tanto hacia los demás como hacia una misma.