«Con ayuda del Afuera, será algo tan distinto, tanto por el lenguaje como por el pensamiento, que aquellos que nos “esperan” tendrán que decir: o se han vuelto completamente locos, o son unos canallas, o han sido incapaces de continuar. Decepcionar es un placer». Así zanjaba Deleuze en «Carta a un crítico severo» el fiasco que había resultado ser para algunos autores (tales como Michel Cressole, a quien dirige la misiva) la recepción del Anti-Edipo. Pero ¿qué hay detrás de la decepción y en qué medida puede ofrecerse como el preámbulo de una fuerza disruptiva? Laurent de Sutter se sirve de esta anécdota para establecer una breve genealogía de la decepción como voluntad de poder: si la espera compromete a una promesa es porque en ella misma se alberga la posibilidad de que no se efectúe, esta imposibilidad no esperada (la decepción) puede ser lo que a su vez permita la irrupción de un pensamiento nuevo, traidor de toda imagen estática de lo que se ansió.
Desde el desapego cínico hasta la fe del creyente que confía en su propia desesperación, el filósofo nos muestra un paradigma en el que la decepción puede vivirse con orgullo y sin vergüenza, sin la dependencia del débil que cree que vivir es cumplir con una expectativa. La decepción, pues, es el arma del pensador fuerte que sabe que la verdad y la vida siempre está en otra parte, allí donde nunca nadie se la espera, ni se la desea.