Aunque la historia de la literatura haya puesto a Dostoyevski como padre del realismo psicológico, lo cierto es que existe un autor ligeramente posterior a él que podría concebirse como otro gran abanderado del movimiento. Y si existe una obra que sirva como auténtico paradigma del movimiento, esa no es otra que
Hambre. En ella, Hamsun nos sumerge en la mente de un excéntrico aspirante a escritor cuyas obsesiones se vertebran a través de dos polos: la primera, la persecución constante de la escritura deseada, y la segunda, la negación del hambre como aberración de la condición miserable a la que el protagonista está sometido. En este sentido, tanto el deseo alimenticio como las ansias de escritura colman todo el texto de la narración, modificando la percepción que el narrador tiene sobre su mundo y adecuándolo en relación con sus propias paranoias y neurosis, de tal modo que el protagonista inventa un mundo delirado y alienado de su propia condición de existencia.
Obra magna de la escritura del noruego,
Hambre constituye un ejemplo paradigmático que anticipa la arquitectura de lo que se acabará concibiendo como modernismo europeo.